25 octubre 2025

Cuento: Noche de brujas

Noche de brujas

Susana odia el otoño. Es en esta época del año en la que las tiendas se llenan de máscaras horripilantes y disfraces de colores oscuros. Lo único que le gusta son las flores naranjas que adornan el piso de los mercados y los dulces que le regalan en cada puerta que toca, pero esto es muy poco si tomas en cuenta el secreto que ella sabe.
    Finalmente ha llegado el peor día de todos; Halloween. Las maestras del kínder al que asiste Susana han preparado actividades para “entretener” a los niños, pero ella tiene la certeza de que éstas son mera distracción para alejar su atención del verdadero problema.
A la entrada, las directoras reciben a los niños con bolsas de dulces y los padres esperan para ver a los pequeños con sus disfraces. Como siempre, la maestra Liliana luce una nariz larguísima y un sombrero puntiagudo, mientras que el profesor Juan Carlos lleva una capa que le arrastra hasta los pies y sus dientes son más afilados de lo normal. Sin duda, esa es la ropa que usan fuera de la escuela; las tiendas no venden disfraces tan grandes.
Una vez dentro, Susana se sienta en su lugar de siempre y mira atenta a sus amigos, tratando de descifrar quién es quién debajo del maquillaje y las máscaras. Patricio es Supermán, Rebeca es un diablito y Sandra es un conejo. Los amigos intercambian dulces.
—¡Ey!, ¿me regalas tu Bubulubu? —le pregunta Ernesto, luciendo un increíble disfraz de espantapájaros.
—Claro —dice Susana y le acerca la bolsita de dulces. Hoy no se siente de humor para chocolates. Debe mantener su atención fija en las brujas.
—Me gusta tu vestido —dice el niño mientras le toca la falda, embarrándola de chocolate—. Se parece al de Miss Lili —añade y sonríe, mostrando sus dientes llenos de golosina. Susana baja la mirada y arruga la nariz, deseando haber usado elegido disfraz. El próximo año será un hada.
En ese momento, la maestra Griselda entra al salón y les pide a los niños que se sienten. Está vestida como la princesa Blancanieves. Susana sonríe. Es la única maestra en la que pude confiar, es la única que no está vestida de bruja. Miss Gris les dice a agenda del día:
—Primero veremos una obra de teatro, luego iremos al salón de Primero B para bailar en la disco. Finalmente, iremos al laberinto y después estarán libres para jugar en el patio. Antes de la salida, deberán regresar al salón para una última sorpresa, ¿de acuerdo?
—¡Sí, Miss! —gritan los niños al unísono, algunos aplauden.
La obra de teatro es sobre princesas y brujas, pero Susana no presta mucha atención a lo que sucede en el escenario, sino que mira hacia todas partes, intentando localizar a cada uno de los maestros. Cuenta cinco en total. ¿Cinco? Pero debería haber seis.
Se le acelera el pulso. Voltea a de un lado a otro, se para de su asiento, levanta la cabeza pero no ve nada. Es justo entonces cuando siente una brisa rozarle la espalda. Voltea a la derecha y… ¡ja! una capa negra se esconde tras la puerta del salón de Primero B, y algo brillante cae levemente al suelo. Susana agacha la mirada y nota un camino de papeles plateados que van desde la puerta de la Dirección, que está a su izquierda, hasta el salón en el que el vampiro se ha escondido.
Desde su lugar no puede ver lo que éste está tramando, tiene que acercarse, ¿y si se arrastra hasta llegar al salón? Las brujas parecen ocupadas tratando de envenenar a las princesas, seguro no se darán cuenta…
—¡AH! —el grito sobresalta a niños, brujas y princesas por igual. Lo que que sea sucede en el escenario se detiene, como si alguien hubiera presionado el botón de pausa—. Se me cayó mi paleta —se lamenta Ernesto.
—No te preocupes, te puedo regalar la mía —se ofrece Patricio.
Asunto arreglado. Susana suelta un suspiro. 
Ahora las miradas de todos están en ellos. Tendrá que idear un nuevo plan.
Sin darse cuenta, termina prestándole atención al final de la obra (la princesa se salvó de la maldición de la bruja, sin ayuda del príncipe). Le habría gustado saber el comienzo de la historia…¡¿pero en qué está pensando?! ¡Su misión es mucho más importante que una obra para niños pequeños! Debe concentrarse. Esto es cuestión de vida o muerte.
Una vez que las brujas y princesas han bajado del escenario, Miss Gris guía a su grupo al salón de Primero B. Susana se pone al frente de la fila para proteger a sus compañeros de lo que sea que el vampiro haya colocado dentro. “No tengas miedo, no tengas miedo. Sé valiente” se repite.
Se abre la puerta del salón, una ráfaga de aire golpea en la cara a los niños y de pronto hay música sonando a un volumen tan alto que hace que las paredes vibren. Hay gritos, pero no de miedo. Los niños entran corriendo.
—¡Bienvenidos a la Discoteca! —los recibe el vampiro.
Las bancas rodean el salón, en vez de estar en filas. En una esquina hay un ventilador y detrás de él se encuentra el profesor Juan Carlos, lanzando confeti plateado.
Susana se queda parada en la entrada, sin entender qué sucede ni cómo los papeles brillantes podrían formar parte del plan malévolo. Seguro son otra distracción. Frunce el ceño y voltea a ver al vampiro. Le dan ganas de enseñarle la lengua, pero eso sería grosero.
—¡Ey!, no estés enojada, mejor ven a bailar conmigo. —Ernesto otra vez. Ahora tiene una bolsa de frituras. La deja en una de las bancas, se limpia las manos en el pantalón y luego se las ofrece a Susana.
—No, gracias —responde ella.
—Ándale, es divertido. Si no sabes bailar, yo te enseño.
Susana voltea una vez más hacia el fondo de la habitación, donde el vampiro sigue lanzando papeles brillantes. Estos se elevan en el aire hasta caer sobre los demás niños, que ríen y brincan intentando atraparlos.
—Está bien. —Toma la mano pegajosa de Ernesto y juntos corren hacia sus amigos.
Y bailan.
Y cantan.
Y brincan para atrapar confetti.
Y entonces Ernesto, más pálido que el vampiro, dice:
—No me siento bien.
Se aleja y toma asiento en una de las bancas, recupera las frituras que estaba comiendo antes del baile y las vuelve a probar.
—¿Qué sucede? —pregunta Susana.
—Creo que me mareé. La cabeza me da vueltas —responde su amigo. Susana se acerca con cuidado y le palmea suavemente la cabeza, como hace su abuelo con ella cuando se siente mal.
La música baja de volumen poco a poco; su tiempo en la Disco ha terminado. Miss Gris les indica que es hora de ir al laberinto.
Los pequeños salen de la Disco, pateando el confeti hasta la salida y cruzan todo el patio hasta llegar al salón de Segundo A. La maestra Liliana los recibe y les dice:
—¡Bienvenidos al laberinto! Su objetivo del día de hoy es superar todos los obstáculos y encontrar el camino hacia la salida. ¡Mucha suerte!
Una vez dentro, los pequeños se ven rodeados de paredes que no estaban ahí antes y acechados por una bruja risueña de brillantes ojos que vigila el laberinto desde una esquina. Suenan truenos, gritos y música tenebrosa. Ernesto toma de la mano a Susana, quien en voz baja, vuelve a repetirse “sé valiente, sé valiente”. 
Juntos, toman aire y dan uno, dos, tres pasos hacia el frente. Caminan con cuidado, abriendo mucho los ojos, escabulléndose de las telarañas que cuelgan del techo. Cuando pasan frente a la bruja, ésta suelta una risa chillona, tomando a Ernesto por sorpresa. El pobre sale corriendo, gritando de miedo. Susana sale tras él.
Ya fuera del laberinto, encuentra a su amigo sentado en el suelo, abrazándose la panza. Intenta acercarse, pero la profesora Liliana es más rápida que ella. Toma a Ernesto de la mano y lo guía hacia las puertas de la Dirección.
Susana frena de golpe. La Dirección es un lugar prohibido; sólo las maestras entran ahí. “Sé valiente, no tengas miedo”. Llena sus pulmones de aire y camina sigilosamente hacia la puerta. Una vez que se encuentra frente a ella, se asoma por la cerradura e intenta ver qué sucede adentro. Nada. Las películas mintieron. Patea la puerta con enojo.
—¡Eh!, ¿qué estás haciendo? ¡Vuelve a tu salón! —alguien grita.
—¡No hay problema, es una mis niñas! —responde Miss Gris, que ha llegado corriendo para rescatar a Susana—. Es hora de su recreo, todo está bien.
Hay una pequeña discusión entre Blancanieves y el fantasma que ha hablado. Finalmente ella le hace señas a Susana y le indica que vaya al patio. Ella obedece, y espera a que los demás lleguen.
Algunos hablan sobre lo aterrador que estuvo el laberinto, otros demuestran su valentía diciendo no haber sentido ni una pizca de miedo. Susana ya no los oye; se queda mirando fijamente la puerta de la Dirección, pensando en la mejor manera de acercarse. Podría tomar una pelota, lanzarla hacia allá e ir con la excusa de recogerla. Podría decir que ella también se siente mal, y así quizás la dejarían entrar. Podría volver a intentar lo de la cerradura; quizás no abrió los ojos lo suficiente. Podría… Suena la campana; es hora de regresar al salón. En el camino, Susana se topa a un par de brujas que cargan bandejas, pero nada que pueda servir como pista para encontrar a Ernesto.
Cuando llega al salón, se da cuenta de que algo ha cambiado; en cada una de las bancas hay una pequeña calabaza de plástico rellena de monedas de chocolate, y al lado, sobre una servilleta, hay un pan de forma extraña espolvoreado de azúcar. No le presta mucha atención; su mente está ocupada en Ernesto, su amigo, quien estuvo comiendo dulces todo el día, quien, cuando se sintió mal, fue llevado a la Dirección, quien no ha vuelto desde entonces.
Piensa en la Dirección y en todo lo que se esconde dentro. Seguro ahí guardan todos los objetos malévolos que vio en el laberinto y durante la obra de teatro. Piensa en el caldero que se usó entonces, en lo que éste pudiera haber contenido; ¿y si era veneno?, ¿y si ese veneno se lo echaron a los dulces? Eso significa que…Ernesto fue envenenado…y que ahora está…
—¡Muerto! —exclama Susana.
—¡Siiiií! ¡Pan de muerto! —se emociona Rebeca, dándole un enorme mordisco a la rebanada que está en su lugar.
—¿Pan de muerto? —susurra Susana, asustada de repente. Se aleja poco a poco de la banca. ¡El pan está hecho de muertos! El pan…el pan está hecho…¡de Ernesto! ¡CONVIRTIERON A ERNESTO EN PAN!
Susana se echa a llorar, porque perdió a su amigo y Rebeca no hace mas que seguir comiendo. Quiere gritar, quiere correr, quiere huir de la escuela y no volver nunca más.
Miss Gris la ve de lejos, se acerca, la abraza con cariño y pregunta qué sucede. Cuando Susana ha terminado de explicar la situación entre sollozos, la maestra ríe levemente, toma aire y le cuenta la verdad. Ernesto está vivo, enfermo por haber comido más dulces de los que su cuerpo puede soportar en un día, pero vivo. Lo enviaron a casa. Lo que se guarda en la Dirección no son mas que juguetes y adornos, todos falsos, al igual que la ropa de los profesores. El pan de muerto no está hecho de muerto, ese es sólo su nombre; así como las conchas no están hechas de conchas ni los pingüinos de pingüinos. Ni Miss Lili ni el profesor Juan Carlos ocultan un secreto oscuro; su intención era divertir a los niños.
A Susana le cuesta trabajo, pero poco a poco logra calmarse. Miss Gris tendrá que pedirle a sus compañeras que compren disfraces nuevos para el año siguiente, y que no entreguen las bolsas de dulces hasta el final del día.

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